De Fajã dos Cubres a Fajã do Santo Cristo (San Jorge)

U paseo, casi siempre andando, que por sí solo ya justifica el viaje, aunque no a todas las Azores, por lo menos a la bonita isla de San Jorge, bajando por un sinuoso y panorámico camino hasta la Fajã de Santo Cristo.

Nos hallamos en la costa noreste de San Jorge, salvaje y desabrigada, a donde se sube desde el pueblo de Calheta y de la aldea de Norte Pequeño. Desde aquí, se coge la pequeña carretera hacia Fajã dos Cubres. En este lugar, y desde el mirador, se avista una parte de la portentosa costa de peñascos de la isla, recortada y altanera, que parece una especie de isla "porta-aviones", como se designa, algunas veces, a San Jorge: pues tiene una forma muy alargada, con cerca de siete kilómetros por setenta, y casi siempre con costas muy altas (disfruta también de una magnífica vista desde el mirador de Fajã do Ouvidor, en Norte Grande, un poco más arriba, en la misma costa). Se baja por la carreterilla cerca del mirador y se aparca el coche en Fajã dos Cubres. Desde aquí hay que seguir a pie para llegar a la Caldera de Fajã do Santo Cristo, pero asegurándose antes de que el camino, de algunos kilómetros, está libre, una vez que pueden ocurrir eventuales desmoronamientos. Hay que llevar calzado adecuado y, tal vez, una merienda. El recorrido se hace por la base de la altísima y abrupta ladera, como si se estuviese apretado entre la montaña, las pequeñas playas pedregosas, de piedras redondas y negras, o sólo el mar, ruidoso y, a veces, arrebatador. Una vegetación densa embellece el recorrido, aunque también dificulta algunas veces el camino. Pero el objetivo justifica, y recompensa, el esfuerzo y la eventual dificultad del caminante: la Caldera del Santo Cristo, que se alcanza al fin de unas horas, ofrece un sencillo pero magnífico paisaje que abarca, dentro de la “fajã”, una laguna con tonalidades de un verde intenso, sólo separada del océano por una estrecha barrera de playa pedregosa. Al lado, una minúscula pedanía formada por algunas casas aisladas, con sus huertos cultivados, de forma leve y graciosa, en bancales, que les confieren un aspecto rústico y medio "perdido del mundo", lo cual es, en gran parte, el encanto de este lugar. Y sobre todo este escenario, la poderosa montaña, el alto peñasco, imponiendo respeto.

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