De la Noche a la Madrugada (Pico)

El más famoso y, de cierta forma, también el más exigente, físicamente, de los paseos a pie por las Azores: la subida al Pico que se programa para poder llegar arriba al nacer del Sol.

El reto de la subida a lo alto de esta montaña sagrada de las Azores (2.351 metros de altitud) es, sin duda, uno de los puntos fuertes entre los muchos atractivos que nos ofrecen las islas. La subida requiere un equipo adecuado, recorrer trayectos específicos y señalados, el acompañamiento de buenos guías conocedores, energía personal y, sobre todo, una situación atmosférica y meteorológica propicia, teniendo en cuenta el caprichoso cambio del tiempo al que este territorio está siempre sujeto. La escalada asume todo su significado si se tiene alguna garantía previa de que habrá visibilidad para ver las otras islas del archipiélago – y entonces, sí, es fantástica la llegada al Pico de Pico (que actualmente es una reserva natural). El acceso se hace desde la carretera longitudinal de la isla, la única que se aproxima a la base de la montaña, por su lado norte – y que enlaza con los tres pueblos principales de la isla y sede de partido: Madalena, Lajes y San Roque.

 

 

 

Normalmente integrado en un grupo, puede pernoctar en una de las grutas a medio de la ladera (a unos 1.000 metros) y, salir de ella en medio de la noche, para asegurarse de que alcanza la cumbre en la alborada, cuando el aire está más límpido y la visión de su entorno, al nacer del Sol, es ciertamente más nítida. Hay que seguir subiendo por la ladera cada vez más escarpada. De una vegetación densa, a partir de los 1.500 metros, pasa a vegetación baja, que desaparece completamente en las lavas y en la tierra suelta en el tramo final – donde se puede escurrir uno fácilmente, con el cansancio y el esfuerzo de la subida. Tras alcanzar, finalmente, el cráter horizontal de Pico Grande, queda aún la subida de Piquinho, el pequeño monte con más de 50 metros, donde se ven las fumarolas un poco por todos los lados. Desde lo alto, recuerdan los viajeros que, inmersos en un silencio total, se ven, abajo, las vecinas islas de Faial y San Jorge - que parecen vistas desde un avión - pero sin el filtro de la cabina del mismo. Al mirar el propio territorio de Pico, abajo, en la parte que está junto a la costa, se tiene la sensación de estar en otra isla, tal es la noción de distancia que provoca la altitud. Y, en días más claros, se adivinan también, o se pueden ver, algunas de las otras islas.

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