Desde la Furna do Enxofre a las Termas de Carapacho (Graciosa)

Un paseo por la isla Graciosa que incluye una visita a uno de los ex libris de esta bella isla: la Furna do Enxofre. Y, para finalizar, la curiosidad de unas termas junto al Atlántico.

En el lado sudeste de la isla, en el macizo de la Caldera, se puede visitar uno de los ejemplos más originales del volcanismo azoreño: la llamada Furna (furnia) do Enxofre. Desde Praia, o procedente de Santa Cruz, por Guadalupe y Feiteira, se llega a la carretera que accede al túnel vial de la Caldera (una sólida obra, datada según la inscripción, de los años 1.952/53), cuidadosamente construido de piedra. En el local de la furnia, encastrada en la roca, una larga escalinata vertical, diseñada expresamente de piedra, de la misma época del túnel, permite visitar el mencionado fenómeno natural. Es una enorme bóveda volcánica que abriga una laguna de agua templada y sulfúrica (130 metros de diámetro por 80 de altura, a 100 metros de profundidad), que se puede entrever en la oscuridad del local. Las visitas se deben hacer, preferentemente, entre las once de la mañana y las dos de la tarde, para disfrutar de los efectos de la luz natural que se filtra por la pequeña hendidura superior. Deben ser, asimismo, cumplidas las reglas fundamentales de seguridad, debido a la presencia de gases nocivos que, a veces, obligan a prohibir la entrada en dicho local. La aproximación a la orilla de la laguna, andando, por la playa subterránea (desde que se autorice), es de todas formas un poco tétrica y siniestra, por la falta de luz y por los intensos olores. Al salir de la Caldera, se coge la carretera que pasa por el pueblo de la Luz para llegar a Carapacho, modesta aunque característica zona termal, con las acostumbradas pequeñas y pintorescas casas y chalés de veraneo, y el sencillo edificio termal (para el tratamiento del reumatismo y enfermedades dermatológicas). Un poco más a naciente, en la punta costera sur de la isla, se puede ver el faro de Ponta do Carapacho (de 1.956), construido de hormigón y con un diseño moderno, que pertenece a la familia de los faros azoreños de los años 50 (como el de Ponta dos Rosais en San Jorge, hoy día en ruinas debido al reciente terremoto, y los de Ponta Garça y Ponta do Cintrão, en San Miguel, todos ellos de los años 1.956-58). El edificio, además de su dimensión paisajística, plasma en la arquitectura el característico diseño de aquel tipo de material, con su cuerpo alto, cilíndrico, ritmado por una serie de pilares verticales, saledizos – con nervaduras, de interesante efecto estético.

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