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Vista desde el Castillo de São Jorge
Ascensor de Bica
Oceanário - Parque das Nações
Docas - terrazas junto al río
Mosteiro de Jerónimos
Parque Eduardo VII
Plaza de Comércio - Terreiro do Paço
Estatua de Fernando Pessoa en la terraza de la cafetería "A Brasileira"
Pasteles de Belén

LISBOA

La ciudad de los mil colores

#lisboa

En el «Livro do Desassossego», Bernardo Soares (semi-heterónimo de Fernando Pessoa) exalta, así, la capital portuguesa: «No hay para mí, flores tan bellas como, a la luz del sol, el variadísimo colorido de Lisboa». Pero otros escritores también tuvieron su fuente de inspiración en esta ciudad, como García de Resende, Camões y D. Francisco Manuel de Melo, por referir sólo los clásicos. ¿Pero, qué tiene Lisboa de tan inspirador? Para empezar, el lugar donde está ubicada: un inmenso estuario, que se va recortando a perder de vista, con la sierra de Arrábida al fondo. Después, la topografía. Al igual que Roma, Lisboa se enorgullece de sus siete colinas. Lisboa sube y baja, desde Graça a la zona del castillo, de Campo de Santana a São Pedro de Alcántara, de Estrela a la rua da Escola Politécnica. Y, finalmente, su historia. Desde fenicios a griegos y romanos, pasando por visigodos y moros, todos los pueblos que por aquí comerciaron, guerrearon o se asentaron, terminaron dejando sus marcas, unas más evidentes, otras más sutiles. Pero Lisboa fue, también, una ciudad imperial, en la que fondeaban las naos y los galeones cargados con los tesoros que traían de África, de Oriente y de Brasil, y en cuyas calles se codeaban, como decía el cronista Fernão Lopes, «muchas y desvariadas gentes». Las marcas de los siglos pasados y una parte del esplendor imperial de la ciudad desaparecieron en pocos segundos al alba del día 1 de noviembre de 1.755, cuando el peor terremoto de la historia arrasó Lisboa. Pero no todo se derrumbó ni fue consumido por las llamas. Alfama y Mouraria, afloramientos de la ciudad antigua, pasaron a coexistir con la geométrica y luminosa Baixa Pombalina, símbolo del renacimiento de las cenizas de una ciudad que no se rindió a la cólera de los dioses y se re-erguió bañada por las luces de la Razón. Después, la “conquista” ochocentista, a costa de terraplenes, de las orillas del Tajo - desde Cais de Sodré a Belém -, la apertura de las Avenidas Novas, el urbanismo autoritario y monumental de Duarte Pacheco en los años 40, la reconversión urbanística de la zona oriental de Lisboa para la EXPO’98, todo ello conformó la ciudad que hoy día conocemos. Una ciudad que, como en la época de Fernão Lopes, es hecha de mucha gente y de muchas culturas, en donde se mezclan la luz de una ciudad mediterránea con la geometría de una capital atlántica. En donde modernidad y tradición conviven lado a lado y el futuro ya ha empezado.

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