Sugerencias en la región 7 Regiones LISBOA
Vista sobre los tejados de Alfama y el río Tajo
Cacilheiro en el río Tajo
Terreiro do Paço y Arco Triunfal de Calle Augusta
Rossio y Teatro Nacional D. Maria
Mirador de S Pedro de Alcântara
Ascensor de Bica
Puente Vasco de Gama
Monasterio de los Jerónimos y Plaza de Império
Torre de Belém

LISBOA

Ciudad blanca asomada sobre el Tajo

#lisboa

Cuando, en 1.147, el cruzado Osberno llegó al estuario del Tajo, se quedó maravillado con aquel río, hecho – decía él – de dos tercios de agua y un tercio de pescado. También le impresionó la belleza de la ciudad, protegida por altas murallas en la cima de las colinas que durante meses desafiarían el esfuerzo  conjunto de los guerreros de D. Alfonso Henríquez y la flota franca que demandaba la Tierra Santa. En este relato, que ha llegado a nuestros días, se dice lo esencial de Lisboa y de la región que la envuelve: las colinas, la relación con el río y la naturaleza circundante. Le faltó, quizás, hablar de la luz, esa luminosidad blanca, reflejada en las paredes de las casas, espejada en las aguas del Tajo, que tanto ha impresionado a cineastas como Alan Tanner o Wim Wenders.

 

La capital portuguesa consigue ese prodigio que consiste en ser un pedazo de Mediterráneo trasladado al Atlántico. Inmediatamente hacia el sur, en las orillas del estuario del Sado, la sierra de Arrábida es verdaderamente mediterránea, con una vegetación de sabinas y madroños que no desentonaría en la Córcega, y playas de arena blanca y agua cristalina dignas de los archipiélagos griegos. Pero, a lo largo del norte de Lisboa, el cabo de la Roca, «en donde la tierra acaba y el mar empieza», pone en evidencia la naturaleza atlántica de la región. Lisboa consigue esa cosa extraordinaria que es tener cercanos, a tan sólo media hora de viaje en coche, interminables arenales, como son los de Caparica, o una verdísima sierra como es la de Sintra, y áreas naturales en donde reina una tranquilidad paradisíaca, desde la laguna de Albufeira al cabo Espichel, contrapuestas a la animación cosmopolita de la zona de las Docas, de la Avenida 24 de Julio o del Barrio Alto, en la capital.

 

Para visitar algunas de estas joyas del paisaje y del patrimonio, lo ideal es elegir los medios de transporte tradicionales, como son el tranvía, el más famoso de los cuales es el número 28, que cruza las colinas de la capital portuguesa, entre  Graça, Chiado, Estrela y Campo de Ourique. Son, igualmente, dignos de un paseo los barcos cacilheiros, que unen las zonas ribereñas de la capital a Almada, al otro lado del río, o incluso el tren, que pasa por el tablero inferior del elegante puente suspendido que, desde 1.965, une las dos orillas del Tajo.

 

Es esta diversidad, este matrimonio, a veces conflictivo, pero siempre lleno de pasión, entre la ciudad y el campo, lo antiguo y lo moderno, la naturaleza y la tecnología, lo que hace el encanto de Lisboa y de la región que la envuelve. Lisboa tiene como uno de sus principales atractivos la topografía accidentada. En ella se yerguen sus barrios sobre colinas, unas populares, como las de Graça o Campo de Ourique, otras históricas, como la del castillo, y otras aristocráticas y centrales, como la de Chiado. Desde sus distintos miradores, balcones, ventanas y terrazas se divisa el Tajo, que se anuncia como “cumbrera de mi poema abierto en páginas de sol”, como escribió Almada Negreiros.

 

La ciudad que hoy vemos es la que sobrevivió o renació del terremoto de 1.755. Ejemplo claro de ello es el centro, o Baixa Pombalina, candidata a Patrimonio de la Humanidad, con sus anchas calles y manzanas ortogonales, que desembocan en esa plaza geométrica, símbolo del racionalismo triunfante, que es Terreiro do Paço. Después, hacia occidente, se extiende la zona monumental ligada a la epopeya de los Descubrimientos, donde encontramos el monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belén, el Padrón de los Descubrimientos y el moderno Centro Cultural de Belén. En dirección opuesta, es decir, hacia oriente, se halla el Parque das Nações, heredero de la EXPO’98, una nueva sala de visitas de la capital lusa.

Museos que albergan preciosidades de la cultura europea, como el de Arte Antiguo, cerca de la zona ribereña, amplias zonas de contacto con el río y centros de diversión nocturna, como las Docas y la Av. 24 de Julio, barrios seculares como Alfama y, sobre todo, una atmósfera citadina, a la vez recatada y cosmopolita, europea y africana, todo ello convierte a Lisboa en una ciudad que el turismo nacional y extranjero busca sin cese.

 

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